En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad, pero no el calor de Texas. Nos levantábamos de noche, horas antes del amanecer, cuando apenas había una mancha añil en el cielo oriental y el resto del horizonte seguía negro como el carbón. Mi mujer Elizabeth y yo estábamos bien acostumbrados a la lluvia constante de Londres, pero los sonidos de gotas cayendo del cielo que escuchamos en aquel momento eran tan fuertes como nunca antes.
- ¿Qué raro que llueva tanto, no? - me preguntó mi querida esposa.
Sin contestarle me dirigí hacia la puerta y salí a fuera, ella me estaba siguiendo. No sé qué me pasó, pero yo tenía un sentimiento extraordinario. Como si mi intuición me hubiera dicho que había pasado algo. Prácticamente no había dormido aquella noche, pero lo que vi entonces en la calle me despertó de repente. El cadáver de un hombre que, tal como parecía, fue asesinado de manera muy cruel. Su ropa estaba llena de agujeros y por todo su cuerpo se vio su carne pura. Me giré para tranquilizar a Elizabeth, pero ella ya no estaba ahí. La busqué dentro de la casa sin encontrar ninguna señal de ella. Me puse a gritar su nombre desesperadamente, pero nadie me contestó. Solamente podía oír los latidos de mi corazón. Mi pulso aumentaba, cada segundo era más y más rápido. No me importaría perder mi casa, mi dinero, todas mis posesiones, pero ella...
Y en el momento en que yo volvía a la calle para buscar a mi mujer a fuera, se completó la pesadilla: el cadáver había desaparecido. Esta misma noche me fui a la policía local a pedirles ayuda, para que investiguen a ver si encuentran a Elizabeth. Pero nadie me quiso creer. Me dijeron que yo estaba loco. Jamás volví a ver a mi gran amor.
- ¿Qué raro que llueva tanto, no? - me preguntó mi querida esposa.
Sin contestarle me dirigí hacia la puerta y salí a fuera, ella me estaba siguiendo. No sé qué me pasó, pero yo tenía un sentimiento extraordinario. Como si mi intuición me hubiera dicho que había pasado algo. Prácticamente no había dormido aquella noche, pero lo que vi entonces en la calle me despertó de repente. El cadáver de un hombre que, tal como parecía, fue asesinado de manera muy cruel. Su ropa estaba llena de agujeros y por todo su cuerpo se vio su carne pura. Me giré para tranquilizar a Elizabeth, pero ella ya no estaba ahí. La busqué dentro de la casa sin encontrar ninguna señal de ella. Me puse a gritar su nombre desesperadamente, pero nadie me contestó. Solamente podía oír los latidos de mi corazón. Mi pulso aumentaba, cada segundo era más y más rápido. No me importaría perder mi casa, mi dinero, todas mis posesiones, pero ella...
Y en el momento en que yo volvía a la calle para buscar a mi mujer a fuera, se completó la pesadilla: el cadáver había desaparecido. Esta misma noche me fui a la policía local a pedirles ayuda, para que investiguen a ver si encuentran a Elizabeth. Pero nadie me quiso creer. Me dijeron que yo estaba loco. Jamás volví a ver a mi gran amor.

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