jueves, 17 de noviembre de 2011

Miniresumen de 99 palabras

Pasaron muchas cosas el último año. Mi abuelito me dejó el libro de Darwin y cuando descubrí lo del saltamontes empezamos a estar más tiempo juntos. Hicimos muchas expediciones y yo aprendí muchísimas cosas. Harry tuvo dos novias, a algunos de mis hermanos les gustó mi amiga Lula y mi madre comenzó a darme clases de cocina. Y nunca me olvidaré de la sensación que tuve cuando probé la Coca-Cola, que parece ser para mi lo que es el whisky para mi abuelo. Pero sobre todo, encontramos una nueva especie de planta y le pusimos nuestro nombre. ¡Qué guay!


miércoles, 9 de noviembre de 2011

La hipótesis fantástica

Calpurnia estaba muy nerviosa. Hacía ya un buen tiempo que su abuelo se comportaba de esa manera. Tenía alguna sorpresa preparada para su nieta, eso estaba claro. Pero él no le quiso decir nada. Solamente anunció a su hija que viniera a la biblioteca el día 19 a las once de la mañana. Evidentemente ella ya vino una media hora antes, simplemente no podía esperar más.
Calpurnia, aquí tengo a alguien que le gustaría conocerte. Y estoy seguro que tu también estarás encantada.
Un hombre con mucho pelo en la cara, pero poco en la cabeza entró por la puerta. Calpurnia podía haber jurado que era… “No, no es posible” se dijo a sí misma.
- Hola Calpurnia, mi abuelo ya me ha contado muchas cosas de ti. ¿Podría presentarme? Me llamo Charles Robert Darwin. ¿Como estás?
- ¡Muy bien! Aunque me encuentro raro, como si estuviera viendo a personas muertas… Abuelito, en la desayuna no me habrás puesto un poquito de bourbon en mis cereales, a que no?- dijo la pobre niña, pensando todavía que era una mala broma.
- Eh, no. Y créeme, el alcohol no resucita a personas muertas. ¡Es él, Calpurnia!
Con la biografía de Darwin en la mano, Calpurnia empezó a hacer preguntas al visitante. Él le contestó hasta las preguntas más difíciles que se le ocurrieron, incluso le dio más información de lo que estaba escrito en el libro. Era imposible, pero la seguridad con la cual este hombre viejo le contestaba las preguntas y la cara seria de su abuelo dijeron otra cosa.
- ¿Pero cómo es posible esto? ¿Usted no ha muerto ya?
Calpurnia, la vida tiene una multitud de misterios que aún no hemos podido resolver. A parte, creo que tienes otras preguntas más importantes, ¿no?
Tenía razón. Había mil preguntas que Calpurnia siempre quiso hacer al señor Darwin, pero ella siempre sabía que nunca se las podrá hacer. Pero ahora tenía su oportunidad, probablemente la única. Se pasaron todo el día hablando, sobre el libro de Darwin, sobre el cuaderno de Calpurnia y sus expediciones con su abuelo, sobre los animales, sobre las plantas…

El comienzo de la imaginación

En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad, pero no el calor de Texas. Nos levantábamos de noche, horas antes del amanecer, cuando apenas había una mancha añil en el cielo oriental y el resto del horizonte seguía negro como el carbón. Mi mujer Elizabeth y yo estábamos bien acostumbrados a la lluvia constante de Londres, pero los sonidos de gotas cayendo del cielo que escuchamos en aquel momento eran tan fuertes como nunca antes.
- ¿Qué raro que llueva tanto, no? - me preguntó mi querida esposa.
Sin contestarle me dirigí hacia la puerta y salí a fuera, ella me estaba siguiendo. No sé qué me pasó, pero yo tenía un sentimiento extraordinario. Como si mi intuición me hubiera dicho que había pasado algo. Prácticamente no había dormido aquella noche, pero lo que vi entonces en la calle me despertó de repente. El cadáver de un hombre que, tal como parecía, fue asesinado de manera muy cruel. Su ropa estaba llena de agujeros y por todo su cuerpo se vio su carne pura. Me giré para tranquilizar a Elizabeth, pero ella ya no estaba ahí. La busqué dentro de la casa sin encontrar ninguna señal de ella. Me puse a gritar su nombre desesperadamente, pero nadie me contestó. Solamente podía oír los latidos de mi corazón. Mi pulso aumentaba, cada segundo era más y más rápido. No me importaría perder mi casa, mi dinero, todas mis posesiones, pero ella...
Y en el momento en que yo volvía a la calle para buscar a mi mujer a fuera, se completó la pesadilla: el cadáver había desaparecido. Esta misma noche me fui a la policía local a pedirles ayuda, para que investiguen a ver si encuentran a Elizabeth. Pero nadie me quiso creer. Me dijeron que yo estaba loco. Jamás volví a ver a mi gran amor.